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jueves, 11 de noviembre de 2010

Lo que calla Bergoglio y lo que Massera se llevó a la tumba

Silencio mortal

El cardenal se mostró reticente durante su declaración judicial. Massera nunca se hizo cargo de los crímenes de la dictadura. 

El jefe del Episcopado declaró en la causa ESMA el mismo día que murió el represor. Los secretos compartidos y el documento que prueba la mentira del cardenal.
Por Franco Mizrahi

La Historia quiso, una vez más, que el máximo referente de la Iglesia y el emblema de la Armada durante la última dictadura militar se cruzaran en su camino. Lejos de aquellos años de secuestros, torturas y muertes que los tuvieron sentados frente a frente, el lunes 8 de noviembre encontró al arzobispo de Buenos Aires y cardenal primado de la Argentina, Jorge Bergoglio, declarando como testigo en la causa ESMA, y al ex almirante Emilio Eduardo Massera, amo y señor de ese centro clandestino de detención –el más grande de la Capital Federal– muriendo en el Hospital Naval. Una mueca del destino: lo que el máximo referente de la institución eclesiástica evitó revelar en su declaración, con apenas una hora de diferencia, el marino se lo llevó a la tumba.

El lunes 8 de noviembre, a las 11 de la mañana –mientras Massera agonizaba en la clínica de Parque Centenario– el Arzobispado porteño se transformó en una sala de audiencias. ¿El motivo? Luego del testimonio de la catequista María Elena Funes que acusó a Bergoglio de facilitar el secuestro de los curas jesuitas Francisco Jalics y Orlando Yorio durante su gestión al frente de esa congregación, el 23 de mayo de 1976, los abogados querellantes solicitaron llamarlo como testigo en el juicio. Jalics y Yorio estuvieron secuestrados en la ESMA durante seis meses. El cardenal, amparándose en el artículo 250 del Código Penal, se negó a presentarse en Tribunales –incluso había intentado brindar su declaración por escrito–. Pero los letrados exigieron que se le tomara declaración personalmente. Los jueces del Tribunal Oral Federal Número 5 hicieron lugar al pedido y los magistrados, la fiscalía y las partes debieron trasladarse a Rivadavia 415 para escuchar al arzobispo.

En el fondo de un amplio ambiente de la catedral metropolitana, debajo de un gran tapiz de la Virgen, se levantó el tribunal. A la derecha del estrado se ubicó el declarante y anfitrión. Un poco más atrás, desde el sector con vista al jardín, se posicionaron la fiscalía y los abogados querellantes. Un poco más atrás había algunos curas que no se quisieron perder el testimonio de su jefe. Y a la izquierda del improvisado estrado judicial se ubicaron los letrados defensores. Entre los presentes en ese sitio se destacó el único genocida que acude a todas las audiencias: Ricardo Cavallo, quien como acostumbra hacer, tomó nota de todo lo que se dijo.

Bergoglio se mostró reticente a colaborar con sus respuestas. Con pocas palabras y un tono bajo admitió que nunca realizó un trámite administrativo ni judicial por Jalics y Yorio. “Yo le avisé al general de los jesuitas”, se excusó, al hacer referencia a sus reportes al encargado de la congregación en América latina, Pedro Arrupe.

–¿Hay constancia de esas gestiones? –le preguntó el abogado Luis Zamora.

–No, las hice por télex –respondió el cardenal.

*La nota completa, en la edición impresa de Veintitrés




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